Nuevas andanzas de Profesor en la secundaria
contador visitas



Yo llegué a la universidad a estudiar Filosofía y Letras en plena implosión del franquismo y descubrí para mi sorpresa que aquellas aulas eran un nido de teóricos filosóficos adeptos a la filosofía marxista. Entonces me di cuenta de que la filosofía, más allá de la que había estudiado en el bachillerato en un colegio marista, tenía un lugar en el mundo y en la dialéctica de las ideas. Me costó montarme en el carro, pero cuando llegué a tercero de Filología (rama de Letras) había cursado algún curso de filosofía que me había llegado a fascinar. Yo era un protofilósofo al que le faltó convicción y lucidez dialéctica para haberse dedicado a la especulación filosófica que debe ser aguda como una navaja. Entretanto, los marxistas que me rodeaban me llevaron a leer libros como El manifiesto comunista, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de Marx, La conquista del pan de Kropotkin, diversas obras de Lenin, alguna con nombres tan abtrusos como Materialismo y empiriocriticismo, al lado de El estado y la revolución y otras varias. Sin saber cómo me encontré inserto en la izquierda hegeliana, sin haber conocido en profundidad a Hegel, pero sí a sus discípulos dialécticos Marx y Engels.
Leímos posteriormente a Sartre, a Althusser, a Etienne Balibar, a Foucault, y, ocultándoselo a mis comisarios políticos, leí libros de Trotsky, que eran contrarios a las direcciones políticas del materialismo dialéctico en que me vi sumergido en su vertiente leninista y maoísta.
Quiero decir que en mis tiempos de estudiante, la filosofía fue vital para mí y partía de aquel principio de que debía servir más para transformar el mundo que para interpretarlo. Mi formación fuera de las aulas sin duda era algo sectaria y no supimos apreciar a pensadores como Aristóteles o Tomás de Aquino u Ortega y Gasset de los que nos mofábamos por ser representativos del pensamiento conformista y derechoso. Recuerdo asambleas de universidad multitudinarias en que se vituperó a Aristóteles por ser el más rancio de los rancios y el más alejado de la dialéctica hegeliana y revolucionaria que profesábamos.
Sin embargo, mi dualidad vino por otro lado. La primera pregunta que recuerdo a nuestro ínclito y adocenado profesor de filosofía de primero de carrera fue de un marxista de la ORT, navarro por más señas. Le preguntó a Gabriel Campo Villegas que por qué el pensamiento oriental, tal como el budismo, no formaba parte del programa de la historia de la filosofía. Aquello me quedó y de hecho mi evolución más tarde se derivaría hacia el pensamiento oriental y la lectura del Baghavad Gita me conmocionó incluso más que El manifiesto comunista. Y obras de Carlos Castaneda como Las enseñanzas de don Juan y el acercamiento a la visión utópica y ucrónica de Aldous Huxley en La isla me abrieron también la espléndida atalaya de otras visiones de la realidad que desbordaban el pensamiento materialista.
Sin embargo, y es lo que quiero subrayar con esta recolección de lecturas e influencias, fue esencial en mí la formación filosófica que en buena parte fue heterodoxa y alternativa. Un joven necesita la fertilización de su mundo con las disciplinas filosóficas, con un conjunto de interpretaciones de la realidad que le lleven a observar la plurisignificación del mundo en que vive, en su maravillosa complejidad. La vida sin la filofofía se queda en un conglomerado de hechos y de días que parecen no adquirir sentido. Y en aquellos presocráticos que tanto me interesaron o en el Mito de la Caverna tan de raíz oriental, o en el pesimismo de Schopenhauer o posteriormente Cioran, o en la obra de Sartre o Camus o Baroja en otro sentido, o en Ortega y Gasset, se hallan poderosas intuiciones que nos ayudan a soportar la vida viéndola con matices complejos y alejados de la bobaliconería ambiental que nos domina por doquier. Ese optimismo simplón que parece haberse adueñado del mundo para oponerse a la deriva de crisálida de alas rotas en que nos vemos sumergidos, ese pensamiento estúpido positivo que no puede compadecerse con los grandes edificios filosóficos que nos alentaron a saber cómo entender el mundo.
Puede ser que sin filosofía se pueda también vivir. De hecho hay muchísima gente que lo hace y no la necesita para nada. Es posible que pueda vivirse sin conocer las elaboraciones de pensamiento hechas por esos gigantes de la filosofía, pero sin duda, asistimos a un mundo más pobre, más elemental, más gris, mas materialista pero no en el sentido marxista, sino más burgués, mas ramplón, más de eclosión de la ideología que expresan esos centros comerciales que son la síntesis de las ideas de nuestro tiempo.
Probablemente mutilar más la filosofía del la ESO y el bachillerato no sea sino ir más en esa dirección de desideologización del mundo, eliminando matices como expresa el libro de Orwell 1984. Suprimamos términos, palabras, castremos las ideas, depuremos el lenguaje, limpiemos de inquietudes existenciales la mente de las jóvenes generaciones para que puedan así adaptarse mejor al mundo trivial y afilosófico del llamado pensamiento positivo que es un zurullo pinchado en un palo. Así todos podremos ir con nuestra sonrisa imbécil a comprar sin temor de ser incomprendidos. Vale.
(Este texto zampabollos forma parte de una cadena (meme) que parte del blog Antes de las cenizas al cual enlazo y dedico mi simpatía en este universo minoritario de la elección sinérgica. Sigo diciendo que es fácil dejar comentarios en este blog. Basta con clicar en el título del post y aparece la opción de comentarios).